24 de noviembre de 2017    
San Pedro Dumoulin    
El “yo” agarrota
Durante años, el concilio de los jóvenes ha reunido en una búsqueda común a centenares de miles de personas de tendencias y movimientos muy diversos a través del mundo entero...En su diversidad, las voces de los jóvenes de todas partes han coincidido: un invierno se termina, una primavera de la Iglesia está a las puertas. ( Carta de Taizé, Concilio de jóvenes, París 1979)

Después del Concilio Vaticano II, los jóvenes que acuden a la colina de Taizé a refrescar su espíritu, han celebrado durante varios años el concilio de jóvenes.

Las reflexiones próximas te acercan a las inquietudes que tenían en los años setenta.

Desde el principio de su preparación, en 1970, el concilio de jóvenes estuvo animado por una certeza: '' Cristo Resucitado nos prepara una primavera de la Iglesia, una Iglesia desprovista de medios de poder, dispuesta a un compartir con todos, un lugar de comunión visible para toda la humanidad".

Cuatro años más tarde, en la apertura del concilio de los jóvenes, una '' primera carta al pueblo de Dios" interpelaba a la Iglesia para que se convierta en ''pueblo de las bienaventuranzas, sin otra seguridad que la de Cristo, pueblo pobre, contemplativo, creador de paz, portador de la alegría, y de una fiesta liberadora para todos los hombres". En las cartas escritas en Calcuta y sobre el mar de la China, una llamada urgente fue dirigida a las Iglesias para que vivan una parábola del compartir, abandonando en etapas sucesivas, todo lo que es absolutamente indispensable. Muchas personas se han puesto en camino pero por parte de los organismos eclesiales, esta llamada ha quedado sin una respuesta concreta.

Al mismo tiempo, durante cuatro años hemos ido a la búsqueda de este pueblo de las bienaventuranzas en todos los continentes. Estábamos convencidos de que sería ante todo con los más pobres, con los hombres reducidos al silencio, en donde encontraríamos la respuesta a nuestra espera. Cerca de estos hombres y de estas mujeres, a través de su acogida fraterna y de su voluntad de compartir, hemos visto con nuestros ojos el Evangelio en su frescor inicial.

Una vez más, lo hemos visto en Africa. Compartiendo la existencia y la fe en Dios de los más desposeídos, irresistiblemente pensamos en los primeros cristianos que vivían en todo la comunión con pasión.

Esta pasión de comunión, a lo largo de la historia del pueblo de Dios, aparece y reaparece como un río subterráneo. Hoy también atraviesa las nuevas generaciones pero la contradicción profunda de las divisiones hace alejarse de la Iglesia a numerosos jóvenes que han buscado en otras partes un universalismo fuera del Dios vivo. El mismo movimiento ecuménico, esperanza de la generación precedente ha dado la impresión para muchos de atascarse en coloquios y comisiones que se suceden sin concreciones determinantes... Pero hemos visto en otros continentes en los que el radicalismo evangélico se vive sin ruidos. Cuando hemos visto esta radicalidad, los jóvenes hemos visto el rostro auténtico de la Iglesia y ardemos en deseos de hacerla consecuente con ella misma en su totalidad...En efecto, mientras más nos acercamos a las fuentes de la vida cristiana en la contemplación de Cristo, más nos sentimos impulsados a buscar hechos para llevarlos a nuestras propias vidas.

-¿Vives la primavera de la Iglesia en tu vida?

-¿Te has aferrado al duro invierno de tu indiferencia?

-¿Qué haces por renovarla?