19 de octubre de 2017    
San Pedro de Alcántara    


Jesús llamó personalmente a sus Apóstoles para que estuvieran con Él y para enviarlos a proclamar el Evangelio. Los fue preparando con amor paciente y les dio el Espíritu Santo, a fin de que los guiase hacia la plenitud de la verdad. También a nosotros nos llama a vivir en la Iglesia el proyecto de nuestro Fundador, como apóstoles de los jóvenes.

La experiencia que hicieron los primeros discípulos en el encuentro con Jesús, el camino que recorrieron compartiendo su vida, aceptando su misterio, haciendo propia la causa del Reino y asumiendo el estilo evangélico propuesto por él constituyen también la experiencia y el camino de todo salesiano.

La formación es acoger con alegría el don de la vocación y hacerlo real en cada momento y situación de la existencia. La formación es una gracia del Espíritu, una actitud personal, una pedagogía de vida.

Consciente de la responsabilidad carismática que el Señor le había confiado, Don Bosco se dedicó con prioridad a la formación de sus primeros hijos. Es imposible pensar en Don Bosco fundador sin pensarlo también formador.

La formación fue su preocupación permanente y su fatiga más grande desde los tiempos del Oratorio, cuando elegía entre sus muchachos aquellos que daban esperanzas de poder permanecer con él, hasta los últimos años de su vida cuando recomendaba con insistencia a los Directores, a los Inspectores y a los misioneros el compromiso por las vocaciones y la formación. No se limitó a buscar colaboradores: los llamó a ser, en cierto modo, contemporáneamente discípulos y maestros, a convertirse en “cofundadores” con él.