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¿Dónde está Dios?
Documento de teología, está pensado como reflexión personal.

Documento orientado a adolescentes. El contenido es de Teología, pensada como descubrimiento de la existencia de Dios en el mundo y su incidencia en las personas.

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I. UN DESAFÍO PARA EL CRISTIANISMO DEL FUTURO
 
Uno de los más grandes teólogos del siglo XX, el jesuita alemán Karl Rahner, es autor de una conocida frase rotunda y, hasta cierto punto, inquietante: «El cristiano del siglo XXI o sea místico, o no será». Refiriéndose a esta frase me decía un amigo con sentido del humor, «me quedan tres años de ser cristiano».
 
La afirmación de Rahner es una afirmación fuerte en un tiempo en que la expresión «místico» remite a lo exótico, en cual­quiera de los dos significados que el diccionario de la lengua atribuye a este término extranjero, procedente de un país lejano, y extraño, chocante, extravagante. Parece como si los tiempos ve­nideros fueran a pedir a los/las creyentes de a pie algo que pen­sábamos era propio o estaba reservado a creyentes de una ex­cepcional calidad, o de unos tiempos pasados, más propicios a lo sobrenatural que aquellos que nos ha tocado vivir a nosotros. Por si no eran ya suficientes las dificultades, del creyente en el ám­bito de la vida social, laboral, familiar, económica... se nos pre­senta ahora una dificultad añadida que, de entrada, nos invitaría a abandonar el intento...
 
La frase puede ser también inquietante o sospechosa en un contexto de «revivas» de una religiosidad un tanto (o un mu­cho) etérea, centrada en la autosatisfacción, de «new age» muy vaporoso; especialmente inquietante cuando tantos misiones en nuestro mundo siguen sufriendo y clamando a Dios que «oiga las quejas contra la opinión...» y suscite agente, de liberación Éxodo. 3 Parecería que esto de las «místicas» puede servir muy bien como coartada religiosa en estos tiempos de neoliberalismo.
Lo que la afirmación de Rahner pretende poner de mani­fiesto es que para ser de verdad cristiano en los próximos años será necesario que cada cristiano tenga una experiencia personal de Dios. Experiencia que desborde lo conceptual o teórico sobre Dios y que dote a la fe de una fuerza vital capaz de sobreponerse a la increencia ambiental. Al amplio conjunto de reservas que el creyente va a percibir y a sentir respecto a sus conviccio­nes, a la sensación de inutilidad y de «locura»de la apuesta por los pobres v débiles del mundo.
 
La experiencia de Dios que Rahner plantea como ineludible para el cristiano del futuro, y a la que llama «mística», no con­siste ni en largas horas de oración o contemplación, ni en episodios extraordinarios alejados de la sensibilidad cotidiana, ni en visiones o revelaciones especiales... Se trata de algo mucho más sencillo: de la capacidad, de la sensibilidad, para encontrar a Dios. Para captar su lenguaje, para sentir su presencia y trabajo amorosos, en la vida cotidiana. O, dicho de otro modo, se trata de la necesidad de que los cristianos del futuro vinculen su experiencia, su lenguaje sobre Dios, la fe… a las experiencias más cotidianas de la vida.
 
Esta clase de mística, que alguien ha llamado «mística hori­zontal», es justo lo    contrario de lo exótico: es palpar, vivir, descubrir al Dios que está latiendo, con presencia cierta y amor entrañable, en las mil y una cosas y personas que conforman mi vida cotidiana. Aquello de lo que Rahner nos advierte es que si desvinculamos a Dios de nuestra vida cotidiana, nos quedare­mos sin Dios, y que sólo si le descubrimos, le hablamos, le ama­mos, en los hechos cotidianos, con el lenguaje de cada día, en las preocupaciones que nos abruman... podremos ser creyentes en este tiempo. No se nos está invitando, pues, a alejarnos a algún desierto para allí tranquilamente, sin líos, sin problemas, sin disgustos...descubrir a Dios; se nos llama, por el contrario, a profundizar lo cotidiano, a buscar a Dios en el bullicio de una vida que quizá no es la que nosotros elegiríamos, sino la que es. Se trata, pues, de una mística que desde el corazón de Dios nos devuelve al mundo, para vivir y actuar en él según el latido misericordioso de Dios.
 
Tal llamada a la experiencia de Dios en lo cotidiano de la vida no es nueva, ni mucho menos, en la historia del cristianismo. Por poner sólo un ejemplo, citaré el de Ignacio de Loyola definía la madurez de su propia experiencia espiritual como «facilidad de encontrar a Dios... siempre y a cualquier hora», marcaba a sus compañeros como horizonte al que debían aspirar el «buscar y hallar a Dios en todas las cosas criadas», afirmaba, en la que posiblemente es la página más hermosa de todas las que escri­bió, que «Dios habita en las criaturas, en los elementos, en las plantas, en los animales, en los hombres, en mí…»
 
Pero también es verdad que nunca ha resultado fácil esa posibilidad de descubrir a Dios en lo cotidiano, de hacer la expe­riencia del encuentro con Él en medio de los avatares de la vida. Por eso han sido tan frecuentes en la historia del cristianismo fe­nómenos como el marcharse de lo cotidiano para buscar a Dios, el reservar a Dios espacios o tiempos específicos, el hablar de las cosas de Dios con un lenguaje distinto al empleado para ha­blar de las cosas habituales, el adjudicar lo de Dios a ciertos gru­pos minoritarios de personas que incluso debían vestir de otro modo, etc.
 
Y así, poco a poco, se establecieron categorías diversas de cristianos: unos, pocos, los buenos, los selectos, que hacían ora­ción y vivían un estilo de vida peculiar que les permitía tener expe­riencia de Dios; otros, la inmensa mayoría, los del montón, a quie­nes bastaría con cumplir leyes y mandamientos, a veces muy poco compatibles con las exigencias concretas de la vida, y para lo que Dios era algo absurdo y conceptual. Este es el modelo de cristia­nismo que Rahner declara imposible para el futuro. Nos invita, en cambio, a descubrirle en nuestra experiencia cotidiana y a hacer de esa espera de nuestra vida familiar, profesional, social, el lu­gar de encuentro y relación con Él. Invitación que se dirige a todo/ a seguidor/a de Jesús y no sólo a un pequeño grupo de selectos/as.
 
UNA VIDA MÁS TRANSPARENTE
 
Dos tareas, al menos, se nos plantean como consecuencia de lo hasta ahora expuesto: la primera, sugerir pistas sobre cómo hacer que nuestra vida cotidiana sea experiencia de Dios; la se­gunda, replantear nuestras fórmulas y nuestros lenguajes sobre Dios desde la experiencia cotidiana. En esta reflexión vamos a centrarnos e iniciar la primera de dichas tareas.
 
Intentaremos sugerir maneras mediante las que un cristiano de a pie puede avanzar en que su vida cotidiana sea cada vez más transparente a la presencia de Dios en ella, y sugerir formas por las que puede ir logrando que su trabajo, su vida familiar, su participación política o social sean auténticas experiencias espi­rituales, auténticas experiencias de Dios. Y queremos proponer las cosas de modo tal que aquello que digamos sea posibilidad y propuesta abiertas a todos los cristianos/as, evitando nuevos elitismos, aunque sean de otro signo.
 
Si conseguimos algo de esto, estaremos no sólo dando po­sibilidades de futuro al seguimiento de Jesús, sino también nue­vos horizontes a nuestra vida cristiana de hoy. Nuestra experien­cia de fe se verá enriquecida de sentido y nuestra realidad coti­diana recobrará ante nuestros ojos unas dimensiones verdadera­mente nuevas.
 
Será posible evitar y vivir en nosotros aquello que ya dijo un sabio taoísta y que es tan actual: «El error de los hombres es in­tentar alegrar su corazón por medio de las cosas, cuando lo que debemos hacer es alegrar las cosas con nuestro corazón». Viviremos con más humanidad nuestra fe y con más sentido nuestra experiencia humana: y eso es, muy sintéticamente, vivir más cristianamente, más al modo del Dios hecho humanidad.
 
II. ¿POR QUÉ NOS RESULTA DIFICIL LA EXPE­RIENCIA DE DIOS?
 
NO LE RECONOCEMOS
 
Antes de responder de modo directo a esta pregunta, pro­pongo hacer una muy sencilla reflexión sobre aquellas páginas del evangelio que nos relatan las llamadas «apariciones» de Je­sús resucitado.
 
Jesús, tras ser resucitado por Dios, vive y, fiel a sus promesas, sigue haciéndose presente a la vida y a la acción de sus discípu­los, sólo que de una manera distinta, diversa, a la que ellos habían experimentado durante la existencia histórica del Maestro.
 
Su presencia no es, normalmente, evidente, sino más bien todo lo contrario: les cuesta reconocerle, hasta tal punto que el evangelio de Marcos afirma que Jesús «les echó en cara su in­credulidad y su terquedad» (Mc 16,14). Lucas cuenta que los discípulos que iban a Emaús «estaban cegados y no podían reco­nocerle y que los once «se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma» (Lc 24, 37). De la Magdalena dice Juan que «se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no se daba cuenta de que era él» (Jn 20,14) y de los discípulos que estaban pescando que cuando se presentó Jesús en la orilla «no se die­ron cuenta de que era él» (Jn 21,4).
 
Jesús está vivo, Jesús se hace presente en la historia cotidiana de sus seguidores... pero son éstos los que no le reconocen. Su miedo, su desesperación, su pesimismo, sus remordimientos... o bien el ser incapaces de aceptar un nuevo modo de ser y de estar de Jesús les impide descubrirle. Bien es verdad que la presencia del Jesús vivo no se impone por la fuerza, no es de una evidencia aplastante, no va acompañada de espectaculares demostracio­nes..., sino que requiere la fe, el deseo, la búsqueda y el dejarse decir y acompañar para ser percibido.
 
Todo ello nos remite muy sencilla y directamente a nuestra propia situación. Jesús vive hoy: ese es el núcleo de nuestra fe que proclamamos tantas veces verbal y conceptualmente. Jesús se hace presente a nuestras vidas e historias cotidianas, porque así lo prometió: sus últimas palabras, según el evangelio de Mateo, son éstas: «Mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). A las mujeres, primeras testigos de la resurrección, les dijo: «Id a avisarles a nuestros hermanos que vayan a Galilea; allí me verán»: y Galilea es para los discípulos, entre otras cosas, el lugar cotidiano, el de la familia y el trabajo. Pero no le reconocemos, seguimos llorando su ausencia cuando lo tenemos al lado nuestro...
 
Tenemos fe en su vida y en su presencia, tenemos también deseo de encontrarle, de sentir su aliento, su fuerza, su manera de ver las cosas... ¿qué nos sucede, pues, que le sentimos au­sente o lejano de nuestra vida y "preocupaciones cotidianas?, ¿cuáles son las causas o las circunstancias que nos impiden te­ner una experiencia viva y transformadora de Dios en nuestra vida ordinaria a nosotros, cristianos/as de hoy? Sin ninguna preten­sión de exhaustividad quiero enunciar y comentar brevemente al­gunas de estas causas o circunstancias. Os invito a que cada uno/a de nosotros/as examine hasta qué punto se siente concer­nido/a por alguna o por varias de ellas. No debe darse demasia­da importancia al orden en que las enumero.
 
BUSCAMOS UN DIOS QUE NO EXISTE
 
Pienso que muchas veces no encontramos a Dios en nues­tra vida cotidiana, sencillamente porque esperamos al Dios que no existe, y aquel al que nos encontramos nos parece de poca categoría para llamarle así. Esperamos encontrarnos a un Dios que no es el de Jesús, el verdadero Dios. Es algo parecido a lo que les sucedió a muchos,, ilustres y piadosos de Israel cuando apareció Jesús: no le reconocieron por que no daba la talla de Mesías, el Mesías no podía ser él, el hijo del carpintero de Nazaret (Lc 4, 22).
 
Seguimos esperando a un Dios aparatoso, triunfal, espec­tacular, apabullante e innegable... O seguimos esperando a un Dios que nos resuelva los problemas, que nos libre de los malos tra­gos, que se anticipe a nuestros sufrimientos para evitarlos...
Seguimos esperando a un Dios que conceda privilegios a quienes creen en Él... Y ese no es el Dios que se manifestó en Jesús, que nos dijo en Jesús quién y cómo era; esa no es la lógica del Dios que entra en la historia por ese portillo que es Belén y muere fuera de la ciudad; ese no es el Dios que «se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tan­tos» (Flp 2,7).
 
Dios, cuando lo es de verdad, es, humilde. Cuando se encarna se hace, por ello, limitado; cuando resucita es, por ello mismo, irre­conocible con ojos terrenos. Y su presencia, cuando es verdade­ra, es también humilde. No esperemos ni revelaciones ni mani­festaciones portentosas; no esperemos vemos liberados mágicamente de las angustias y los sufrimientos de la vida; no creamos que encontrar a Dios en lo cotidiano es como vivir flotan­do en una especie de nube. Nada de eso. ¿Qué nos cabe, pues, esperar? Cosas muy sencillas, pero muy divinas: semillas de vida en campos de muerte, vivir humanamente el dolor, palabras de esperanza donde uno no esperaría escucharlas nunca, dignidad increíble en los despreciados del mundo, capacidad de gratuidad más de la nunca pensada, fuerza para decir no y luchar contra lo que nos dan por evidente, paciencia ante la manifestación humillante, lucidez bañada en misericordia, gusto por lo/s pequeño/s, atrevimiento para mirar a los ojos... ¿Es poco? No esperéis en­contrar más. En cualquier caso, regalos impagables para nuestra vida, mucho más de lo que tienen millones de seres humanos, lo suficiente para salvamos.
 
VAMOS ABSORTOS EN NOSOTROS MISMOS
 
Otras veces no encontramos a Dios porque vamos tan em­bebidos y tan absortos en nosotros mismos que no le podemos encontrar ni a Él ni a nadie. Y quisiera que este ir absortos en nosotros mismos no se interpretara sólo, ni principalmente, en clave moral, como egoísmo. Sin excluirla, es, sobre todo, en otros dos sentidos como lo quiero plantear.
 
En primer lugar, quiero referirme a la manera como vivi­mos o cómo nos afectan los problemas de toda índole que la vida nos presenta y de los cuales necesariamente nos hemos de ha­cer cargo. Hay ocasiones en que los vivimos de modo que ocu­pan totalmente nuestro campo de visión, nuestro horizonte vital y ya no tenemos ojos ni capacidad de ver otra cosa.
 
Es importante saber poner distancia entre nosotros y nuestros problemas. Alguna distancia, aunque sea pequeña, es la que me permite ver; si pongo directamente los ojos sobre algo, difícilmente lo percibiré. La distancia entre mi y mis problemas es la que me da la libertad de actuación ante ellos y, sobre todo, el espacio que dejo, para que a(A)lguien pueda intervenir. El combate cuerpo a cuerpo entre nosotros y nuestros problemas tiene mal pronóstico; las más de las veces, sólo en la medida en que dejo intervenir a un tercero puedo vencer.
 
Buscar a Dios es presentarle ese espacio, esa tierra de nadie, que soy capaz de dejar entre yo y mis problemas y pedirle que El la ocupe. Dios no me va a sustituir a mí: voy a ser yo quien tenga que afrontar el asunto. Tampoco Dios va a convertir el pro­blema en aire: va a seguir existiendo en toda su crudeza y con todas sus demandas. Pero dejar tiempo a la escucha de su palabra me abre a ángulos nuevos, cuestiona certezas adquiridas, pone en crisis conductas habituales, genera en mí actitudes distintas, hace aflorar posibilidades sumergidas. Y eso es encontrar a Dios en los problemas: ni dejar de tenerlos, ni convertirme en «Superman», sino percibir en medio de ellos, y a veces de modo muy insospechado, respuestas que sé que no son sólo mías.
 
Y ese ir absortos en nosotros mismos, que nos dificulta en­contrar a Dios en la vida, tiene mucho que ver también con la ca­rencia de interlocutores con nosotros mismos, de personas a las que, compartiendo nuestra experiencia vital, damos auténtica can­cha para que nos digan en profundidad, Tendemos mucho a un cierto autismo de «yo me lo guiso, yo me lo como», en parte por el individualismo ambiental, en parte por la falta de personas y es­pacios de auténtica comunicación gratuita, en parte por la notoria banalización y superficialidad de las relaciones efectivas, incluso de las más íntimas. Al faltarnos una palabra distinta desde fuera, nos ahogamos en el ambiente, cada vez más cerrado, de nues­tras propias palabras y discursos. Y si perdemos capacidad de escuchar palabras nos incapacitamos para .escuchar la Palabra, y si no dejamos la puerta de nuestra vida abierta a otros, le esta­mos también negando la entrada al Otro que es Dios.
 
Hay preguntas que todos nos debiéramos hacer: ¿con quién comparto lo más hondo de mi vida, de mis preocupaciones?, ¿con quién o ante quién expreso mis convicciones y mis vivencias ínti­mas?, ¿quién me acompaña en mis búsquedas humanas y cre­yentes? No es posible caminar en solitario como cristianos; el caminar cristiano requiere siempre compañía. De otra persona, de un grupo, de una comunidad... Muchas veces no encontramos a Dios porque buscamos en solitario. Y cuando uno se empecina en buscar en solitario sucede que muchas veces se empecina también en ir por donde no debe. Pedro necesitó que Juan le dijese «Es el Señor» (Jn 21,7) para descubrir allí donde sólo veía.
 
NUESTRO TALANTE NO ES EL ADECUADO
 
A cada uno de nosotros la vida nos depara un conjunto de situaciones y condiciones que la configuran y que están, muchas de ellas, fuera de nuestro control, nos vienen dadas. Esos deter­minantes y condicionantes, de todo tipo (social, familiar, laboral...) son decisivos en la configuración de nuestra vida concreta. En ellos, sean los que sean, hemos de buscar a Dios con la confian­za de que «el que busca encuentra» (Mt 7, 8). En ocasiones nos empeñamos en pasar por encima de ellos en nuestra búsqueda de Dios y eso es imposible. No se trata de añorar permanente­mente condiciones más favorables que pasaron, ni de anhelar las que no vendrán. Se trata de asumir la vida concreta que tenemos delante con un talante tal que nos permita encontrarnos con Dios en ella.
 
Porque en eso sí que podemos actuar: en el talante con el que afrontamos las cosas. Eso sí que está, de alguna manera, en nuestras manos. Y es mucho más decisivo de lo que parece. Son muchos los órdenes o facetas de la vida cotidiana de las que sa­bemos que el talante con el que se afrontan determina en medida importante sus resultados: desde una enfermedad grave hasta una competición deportiva. Igual sucede en esa aventura de la bús­queda y el encuentro con Dios en condiciones que quizá lo hacen difícil y que no está en nuestra mano alterar. No podemos cam­biar las condiciones dadas, pero sí las podemos afrontar con uno u otro talante. Y eso resulta decisivo para el encuentro con Dios.
 
TRES RASGOS IMPORTANTES
 
Quiero ahora señalar y comentar brevemente tres rasgos que me parecen importantes para definir ese talante de «buscadores» de Dios en situaciones difíciles.
 
a) El primero de ellos es el de la actitud de atención y la paciencia y la capacidad de fijarse y observar, por una parte, los detalles de las cosas y, por otra, muchas cosas que en el conjunto de la vida no son sino detalles, pero detalles llenos de significación. Si lo queremos formular en términos de lenguaje tradicional de la espiritualidad, la actitud y capacidad de contemplación. Con­templación que no es otra cosa, en el fondo, que atención al deta­lle y atención al sentimiento.
Personalmente siento una enorme tristeza cuando constato lo difícil que les resulta a nuestros contemporáneos el «contemplar», ya no en el sentido oracional del término, sino en su sentido más humano y más cotidiano: un paisaje, una obra artística, las reacciones de una persona...; y siento tristeza porque creo que con ello perdemos muchos matices necesarios para hacer de la vida algo agradable y hermoso.
 
Para encontrar a Dios hoy hay que prestar atención, cami­nar con atención y no distraídamente, tener sensibilidad para los detalles y todo ello me parece que es ineludible en tina educación cristiana para el futuro. La vida, cualquier vida, está llena de mati­ces; que, con frecuencia perdérnosle nos escapan muchas co­sas. Y en los matices y en los detalles está Dios, porque en los matices y en los detalles se percibe el a(A)mor.
 
Para que se dé esa actitud o capacidad de atención, es necesario el ejercicio habitual o frecuente de la misma; son nece­sarios espacios, tiempos, estructuras de atención, que nos ayu­den a pararnos y a mirar lo que normalmente nos pasa desaperci­bido. Ese era el sentido primordial que tenía para Ignacio de Loyola su famoso «examen»: no era tanto un ejercicio moral, a la búsqueda del pecado perdido, cuanto un ejercicio de atención contemplativa a la vida y al paso de Dios por ella.
 
b) Con ello nos encontramos a las puertas de la segunda de las peculiaridades de un talante que busca a Dios: la capacidad de llevar un ritmo de vida humano y equilibrado, en el que haya espacios y tiempos para la atención, el descanso, la escucha de Dios y de los demás, el servicio...
 
Se hace necesario reconocer que muchas veces se nos impone desde fuera un ritmo vital muy fuerte, y que nos viene dado más allá de nuestra voluntad. Pero, hecho ese reconocimiento, creo que es honesto y necesario decir alguna otra cosa sobre esto. Como que, en ocasiones, somos nosotros mismos los que, más allá de exigencias objetivas, forzamos nuestros ritmos de vida para obviar u olvidar problemas personales y relacionales, o para alcanzar metas que sólo nos son exigidas desde nuestro orgullo o ambición, o desde nuestros problemas de estima. Muchas veces vivimos acelerados o porque nos da miedo parar o por ver si nos estrellamos ya de una vez. Y entonces convertimos en coartada lo del fuerte ritmo de vida.
 
Se trata de vivir a ritmo humano, aunque sea intenso y fuer­te, pero humano. Y eso significa que en nuestra vida haya posibi­lidad de poner en acción todas las dimensiones de la persona humana, también las efectivas, relacionases, contemplativas...
 
No ayudan al encuentro con Dios ni una vida sin actividad, sin tensión, sin compromiso, sin realidades que nos cuestionen, interpelen e inquieten, una vida que tenga, en definitiva, muy poco de viva; ni una vida vivida a ritmo de videoclip o de película norte­americana en el que la acción no puede decaer dos minutos se­guidos. Y mi experiencia personal, y la de otros muchos a quie­nes he acompañado, me da que, cuando se quiere, hasta en la vida más urgida se pueden espacios o zonas verdes de aireación humana y espiritual. De ellas depende la calidad de vida personal, como de ellas depende también la calidad de vida en una ciudad. Aunque para ello haya que sacrificar algunas rentabilidades...
 
c) Vivir así, con un ritmo de vida equilibrado, que permita la atención y que dé calidad a nuestra experiencia humana, no se hace, y con ello vamos al tercer rasgo del talante del cristiano que busca, sin una buena dosis de libertad interior. Libertad interior frente a nuestras propias compulsividades que nos llevan hacia el engaño, y libertad interior frente a unas exigencias exteriores que hay que evaluar, seleccionar en la medida de lo posible y jerarquizar.
 
Pero, además, en una sociedad como la que vivimos noso­tros, donde lo de Dios es tan poco evidente para la mayoría, tan opaco y misterioso para los propios creyentes, tan irrelevante socialmente, tan contradictorio con tantas estructuras «normales» e inamovibles... es ilusorio pensar que nadie pueda encontrar a Dios si no tiene una mínima capacidad de autonomía de pensamiento y de obra, de sentido crítico, de mantener su propio criterio cuan­do no es gratificado.
 
A esa libertad ayudará, sin duda, ese apoyo de otras perso­nas, grupos y comunidades al que hacíamos referencia anterior­mente, y que es ineludible, aunque no suficiente, para los cristia­nos de hoy y de mañana.
 
NO TRATAMOS A LOS OTROS COMO HERMANOS
 
Hay mediaciones privilegiadas para el encuentro con Dios, ahora y siempre. Uno de esos lugares, creo que el lugar por excelencia, es la persona humana, el otro. Se ha dicho preciosamente que el otro, y particularmente el otro al que excluimos, el distinto, el extraño, el extranjero, es la metáfora de Dios: ...el otro no hace a Dios visible; yo no veo ni sigo viendo otra cosa más que a él. Pero en ese rostro que yo reconozco, Dios se pone a hablar, se hace audible. En el espacio de interlocución donde el otro se hace rostro para mí, Dios se convierte en locutor.......Dicho en el lenguaje mismo del evangelio, en la medida en que yo «me haga prójimo» (Lc 10,36) del otro especialmente del caído al margen del camino, descubriré a Dios.
 
Pero para encontrar a Dios en el otro ha que hacerse próximo, hay que hacer de otro nuestro interlocutor... Y por eso no cuesta tanto encontrar a Dios en quienes nos rodean: porque las más de las veces nos pesa más en nuestra relación con lo demás lo que nos diferencia, lo que no separa y nos hace extraños; porque so­mos indiferentes, lejanos y no escuchamos porque, a menudo, no tratamos al otro como hermano, sino como competidor enemigo.
 
Cuando olvidamos al pobre, no ya en nuestros discursos, sino en nuestro estilo de vida y nuestras decisiones, no sólo hace­mos un acto de inhumanidad o de injusticia, sino que nos nega­mos a nosotros mismos la posibilidad de ser radicalmente cris­tianos, de ser prójimos, y desperdiciamos la mediación más evan­gélica para sentir en nuestra vida la acogida del Señor (Mt 25, 34).
 
III. SIGNOS DE LA EXPERIENCIA DE DIOS EN LA VIDA
 
No quiero acabar estas reflexiones sin decir algunas pala­bras sobre los signos que nos permiten verificar como auténtica una experiencia de Dios. Palabras necesarias, creo, para evitar falsas ilusiones de todo tipo al respecto. Se ha dicho que pocos ámbitos de la vida humana son tan propicios al autoengaño y a la mistificación como el de la vivencia religiosa, y la experiencia nos lo confirma. De ahí, mi deseo de hacer estas pequeñas aclara­ciones. La experiencia de Dios en la vida ni son Invitaciones, ni los efectos especiales de una película, ni nada que nos evada, libere o nos ponga por encima de nuestra condición humana. Va en la línea de una certeza interior inquebrantable, de una fuerza para el bien que sentimos que no es la nuestra propia, de una esperanza íntima desprovista muchas veces de razones, de unos ojos distintos para percibir las realidades de siempre, de una alegría tan serena como inexplicable... Pero, hay algo exterior, de alguna manera objetivo, que nos permita reconocer en otros o en nosotros mismos que esa experiencia no es engaño o ficción? Me atrevo a decir que sí, y a proponer algunos de esos signos.
 
a) El primero de esos signos es la capacidad de misericordia, el mirar al mundo, a las personas y a mí mismo, con lucidez y, sin embargo, con misericordia; con lucidez y con ternura. Esta misericordia no es sí sentimiento que espontáneamente nos surge, ni aquel al que nos pueden llevar consideraciones mera­mente humanas. Pero sentir a Dios en la experiencia cotidiana es sentir tan abrumadoramente un amor sin razones, es experi­mentar tan frecuentemente el efecto salvador de la ternura, que acaba por contagiársenos ese modo divino de ver el mundo.
 
b) La gratuidad como talante y como ejercicio, es otro buen indicador de la verdad de la experiencia de un Dios que nos lo da todo previamente y con ello hace posible el que nosotros podamos dar algo. Gratuidad que significa capacidad de don sin res­puesta o sin recompensa, priorización de la necesidad del otro sobre mis gustos o sentimientos, capacidad de amar lo no ama­ble pero necesitado de cariño, relativización tanto del éxito como del fracaso, ejercicio permanente de la paciencia... Y todo ello no como fruto de un discurso mental o ético, de un voluntarismo a machamartillo, sino como impulso espontáneo nacido de la viva conciencia de un don permanente y ubicuo.
 
Esa gratuidad tiende a hacerse gesto concreto en el servicio, en el sentido más evangélico de la palabra, en el vivir la vida a los pies del otro. Servicio sin pretensiones, sin ostentación, sin facturas ni inmediatas ni a medio o largo plazo. Servicio que es, radicalmente, poner la propia vida a disposición de los otros y en función de los otros, experimentando en ello un gozo inefable que no nos quita, sin embargo, ni un ápice de cansancios o ganas de dejarlo, ni de dolor por los menosprecios y minusvaloraciones. Pero llega un momento en que uno no sabe vivir si no es de esa manera.
 
Pienso, finalmente, que quien experimenta la cercanía contagiosa y enloquecedora de Dios en su vida acaba viendo las cosas de otro modo al habitual y acaba, como Dios, prefiriendo «lo necio del mundo.... lo débil.... lo plebeyo..., lo despreciado.... lo que no existe...» (1 Cor 1,27-29). Es decir, amando a los pobres, haciendo de ellos «los escogidos amigos» y los «asesores» des­de los que se lee la historia y la realidad social y desde los que, cada vez más, se van tomando las decisiones y posturas de la vida. Intentar la aventura de buscar a Dios en la vida no es algo que de entrada sea fácil ni posible a la inmediata; requiere, como toda aventura de amor, pasión y paciencia. Pero, sinceramente, vale la pena embarcarse. Porque en ninguna otra aventura ni por ningún otro canino nuestra humanidad llega más lejos.
 
 
SUGERENCIAS PARA EL DIALOGO VESPERTINO
 
Comenta lo que más te llama la atención del artículo.
Señala algunos componentes de la espiritualidad que se destacan en el artículo y se corresponden con la espiritualidad salesiana.
• Destaca algún rasgo de la definición del Dios cristiano que se resalta en este escrito y te parece, especialmente, llamativo.
Concreta alguna conclusión que se deriva del artículo que pueda aplicarse a nuestra vida y al trabajo misionero que realizamos.
 

 
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